EL HOMBRe en un mundo cambiante

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LA COHERENCIA EN LA NATURALEZA

​¿Qué aprenderás en la lección 2?

2.1. Las conexiones invisibles
2.2. Altruismo, egoísmo y equilibrio en la naturaleza.
2.3. Altruismo y evolución
2.4. La globalización en el contexto de la evolución de la naturaleza 

 

  • En resumen

  • Preguntas sobre el material estudiado

  • Temas para el Diálogo Circular

Sin embargo, por experiencia propia, sabemos lo difícil que es llegar a un acuerdo y llegar a la concordia incluso en el más pequeño de los equipos: la familia. ¡Cuánto más difícil puede ser aún alcanzarlo en la humanidad como conjunto! 

 

Entonces, ¿es esto posible? ¿Acaso no estamos viendo durante la época de pandemia lo difícil que es alcanzar el acuerdo y la concordia? ¿Quizás la armonía perfecta no es más que un hermoso sueño y realmente no existe en ningún lado?

 

En absoluto es así. Son muchos los ejemplos de esa armonía que parece ser inalcanzable para el hombre. Y estos ejemplos están literalmente ante nuestros ojos. Toda la naturaleza y todos sus sistemas se sustentan sobre esos cimientos.

CURSO

EL HOMBRE EN UN MUNDO CAMBIANTE

Contenido

 

2.1 LAS CONEXIONES INVISIBLES

 

APRENDER DE LA NATURALEZA

Esta frase ciertamente planteará dudas a muchas personas. ¿Qué podemos aprender de la naturaleza si la humanidad, a lo largo de su desarrollo histórico, se ha ido alejando cada vez más de ella? Este escepticismo es comprensible: la gente moderna solemos percibir la naturaleza solo como una fuente inagotable de minerales, un lugar para relajarse y un «laboratorio» donde se pueden llevar a cabo todo tipo de investigaciones y experimentos. Estamos acostumbrados a tratar la naturaleza de manera utilitaria y creer que tenemos el derecho de conquistarla, sometiéndola completamente a nuestra voluntad.

 

De hecho, los seres humanos somos los únicos seres de la tierra con una inteligencia capaz de transformar el medio ambiente y crear lo que no existía en él: cultura, sociedad, civilización. Sin embargo, la ciencia ha descubierto la integralidad del universo y esta nos obliga a aceptar una simple verdad: no estamos por encima de la naturaleza, sino dentro de un vasto y complejo sistema al cual estamos unidos con una infinidad de hilos invisibles. Somos una parte especial de este sistema. Una cierta etapa de su desarrollo.

«Estoy convencido de que toda la existencia, toda la naturaleza es una unidad cerrada. Desde la materia inerte más simple hasta las formas de vida más complejas... Nuestro propio cerebro humano, nuestro cuerpo y nuestros miembros son un mosaico de las mismas partículas simples que componen las estrellas, el polvo estelar y las oscuras nubes de nebulosas en el espacio interestelar».

–Thomas Mann 
            

La crisis del cambio climático que hemos podido observar, sobre todo, durante las últimas décadas, confirma que la naturaleza es algo inseparable de la sociedad y del hombre. Y esta interdependencia determina el destino de la humanidad.
Todavía tenemos que unirnos conscientemente al sistema global de la naturaleza: entender sus leyes y aprender a vivir regulando nuestras actividades y nuestro propio funcionamiento humano según estas leyes.

 

Veamos entonces qué podemos aprender de la naturaleza.


EL SISTEMA Y SUS ELEMENTOS EN LA NATURALEZA.

 

Todo elemento de la naturaleza, tanto los más grandes (galaxias, constelaciones, planetas) como los más pequeños (átomos, moléculas), podemos verlos como algo separado, como existentes por sí solos. Pero, en realidad, cada uno de estos elementos forma parte de un sistema más grande y complejo, acompasa su actividad con la del sistema y está sujeto a sus leyes. 

 

La célula, por ejemplo, es un sistema con una estructura compleja, con su vida individual, y gracias a ello, es uno de los miles de millones de «ladrillos» que componen el organismo: el principal sistema «controlador» de la célula. El organismo, a su vez, forma parte de otros sistemas: especies, poblaciones (comunidades de individuos de la misma especie), biogeocenosis, biosfera, etc. Todos estos sistemas están incorporados unos en otros y, entre ellos, existen unas relaciones complejas y multilaterales.

Vamos a intentar comprender cómo funcionan estas conexiones empezando con la biosfera, la capa de la Tierra donde se encuentra el «material vivo» del planeta.

 

Biosfera (de las palabras griegas bios [vida] y sfaira [esfera]): término acuñado por el geólogo Eduard Suess, aunque el concepto que fue desarrollado por el científico V. I. Vernadsky en los años veinte del siglo pasado. La biosfera cubre las capas inferiores de la envoltura de aire de la Tierra (atmósfera), toda la envoltura de agua (hidrosfera) así como la parte superior de la corteza terrestre (litosfera) junto con el suelo.

 

La biosfera, que incluye un gran número de distintas especies de plantas, animales, insectos, pájaros, microorganismos, es un sistema único y coherente. A menudo es comparado con un organismo o con una gigante fábrica viviente, donde tiene lugar un ciclo constante así como una redistribución de la materia y la energía.

En este ciclo participan todas las especies de la naturaleza viviente y, solamente gracias a su colaboración y su acción de conexión mutua, es posible mantener las condiciones adecuadas para la vida en nuestro planeta.

 

Ningún organismo ni ninguna especie puede existir aislada de las demás, pues es incapaz de proveerse por sí sola de todo lo necesario para realizar las funciones bioquímicas.

 

Las plantas absorben agua y minerales del suelo, toman dióxido de carbono de la atmósfera y, durante la fotosíntesis, liberan oxígeno y crean materia orgánica. Los microorganismos, los hongos, los seres vivos absorben esa materia orgánica, la distribuyen por toda la biosfera y la transforman convirtiéndola, por ejemplo, en minerales.

 

La ilustración más simple de los vínculos existentes entre los diferentes elementos son las cadenas alimentarias: las plantas son el alimento de los animales herbívoros, los cuales son el alimento de los pequeños depredadores, y estos, a su vez, son el alimento de depredadores más grandes. Las distintas cadenas alimentarias interconectadas y vinculadas entre sí forman la red trófica: una vasta red de interrelaciones en la que cada elemento afecta directa o indirectamente al otro.

Estas conexiones son tan perfectas y bien establecidas que cada elemento que participa en ellas es esencial para el sistema natural. En la naturaleza, cada elemento desempeña su papel. Y, por consiguiente, los intentos humanos de interferir en los procesos naturales suelen traer consecuencias negativas.

 

En efecto, en 1958, en China, con el fin de salvar la cosecha, se destruyeron alrededor de dos mil millones gorriones por ser «parásitos». Un año más tarde, ciertamente las cosechas  aumentaron, pero las orugas y las langostas, que se alimentan de los brotes, se reprodujeron también. En poco tiempo, las cosechas se echaron a perder y  el país entró en una hambruna.

 

A pesar de esta amarga experiencia, a principios de los años 90 el gobierno norcoreano decidió una vez más «arreglar» la naturaleza y librar al país de los gatos callejeros. Unas pocas semanas después de su exterminio, hubo un aumento exponencial del número de ratones, ratas y serpientes. Al final, los tuvieron que importar gatos de los países vecinos.

 

Y un ejemplo más: durante años hubo campañas para disparar a los lobos en masa. Pero pasado un tiempo, resultó evidente cuánto contribuyen estos animales a regular la población de ciervos, jabalíes y roedores. Resultó que, a diferencia del hombre, que prefiere cazar los animales más saludables y bellos, los lobos eligen principalmente como víctimas a los animales enfermos y débiles. Y por eso se les llama «cuidadores del bosque».

La biosfera está compuesta de innumerables comunidades diversas: las llamadas biogeocenosis (o ecosistemas), sistemas pequeños.

 

Biogeocenosis (ecosistema, de las palabras griegas bios [vivo], geo [tierra], koinos [compartido]) es una parte de la superficie terrestre con componentes vivos y no vivos (aire, agua) que interactúan entre sí.

 

Cada uno de esos pequeños sistemas, o comunidades, es relativamente independiente pero, al mismo tiempo, se comporta como parte de un gran sistema. Veamos algunos ejemplos.

 

Un bosque es una compleja comunidad de plantas, animales y microorganismos, donde todos se adaptan unos a otros. El bosque recibe todo lo que necesita de la biosfera: energía solar, aire y agua. Pero, al mismo tiempo, aporta y ayuda a mantener el equilibrio en la biosfera. Su contribución a la «causa común» es grande: el bosque mejora la composición del suelo, purifica el aire, reduce las inundaciones, aumenta el suministro de aguas fluviales y subterráneas.

Veamos ahora un sistema más pequeño: el cuerpo humano.

 

Nuestro cuerpo. Todos los órganos y sistemas de nuestro cuerpo se compaginan entre sí de una manera asombrosa e interactúan como partes de un mecanismo bien sincronizado. Cada célula, cada órgano, da y recibe. Solo cogen aquello que necesitan del organismo –el sistema más grande– y realizan sus funciones en pro del bien común: los pulmones absorben el oxígeno, el corazón bombea la sangre y asegura su circulación, el hígado la filtra. Solo es posible existir y mantenernos sanos a través de esta sinergia de trabajo, gracias a este equilibrio entre lo que se recibe y lo que se da. Si estas conexiones se rompen, nuestro cuerpo enferma.

 

Cómo evoluciona el embrión. Cada célula de nuestro cuerpo contiene gran cantidad de información con el fin de dar existencia a un nuevo organismo. Cuando el embrión humano se asienta en el cuerpo de la madre, al principio, todas sus células son iguales. Posteriormente se vuelven cada vez más diversas. ¿Por qué? Lo cierto es que cada célula utiliza solo una parte de la información genética que tiene, la que corresponde a su futuro lugar y función en el cuerpo. Y cada célula va gradualmente adquiriendo propiedades especiales, dependiendo de los órganos o tejidos a los que pertenezca.

 

En el futuro, toda la actividad celular tendrá como objetivo mantener la integralidad y la salud del cuerpo. Es como si las células fueran conscientes de lo que el cuerpo necesita, de lo que tienen que hacer por él y cuánto tienen que tomar. Y, por consiguiente, ajustan con precisión su existencia a las necesidades.

2.2. ALTRUISMO, EGOÍSMO Y EQUILIBRIO EN LA NATURALEZA

 

LAS FUERZAS DE DAR Y RECIBIR

 

¿Cómo logra la Naturaleza esta asombrosa armonía? ¿Cómo consigue la interconexión entre elementos completamente diferentes y su equilibrio global?

 

Estamos acostumbrados a que el egoísmo y el altruismo sean cualidades puramente humanas y solo se manifiesten en la sociedad. Llamamos altruistas a aquellos que son capaces de hacer desinteresadamente algo bueno por los demás, y egoístas a los que solo se preocupan por sus propios intereses, a menudo a expensas de los demás. Sin embargo, recientemente hay una mayor utilización de estos conceptos por parte de los científicos en relación a los animales, plantas, microbios y células así como en relación al reino natural de lo inerte. Ahora bien, en este caso, su significado es ligeramente diferente, desconocido y ciertamente más amplio.

El altruismo es un deseo de dar, y está ligado a la cooperación, a la colaboración, a la ayuda mutua, a la solidaridad.

El egoísmo es el deseo de existir y recibir solo para sí mismo. Está vinculado a la competición y a la lucha por conseguir una situación ventajosa para uno mismo.

Ya hemos hablado de que, en un estado normal, las células, las plantas, los animales o los ecosistemas toman del medio ambiente solamente en la medida de lo necesario y entregan al menos otro tanto. Las fuerzas de dar y recibir en la naturaleza están prácticamente a la par. Esta es su ley principal, a través de la cual se mantiene el equilibrio global.

Pero ¿qué ocurre cuando este equilibrio se rompe? En efecto, el equilibrio es siempre relativo: a cada momento tienen lugar pequeñas disfunciones o desviaciones de la norma, y a veces ocurren verdaderos cataclismos.

 

En situaciones críticas, el altruismo pasa al primer plano, desplazando el deseo de existir solo para uno mismo. Los biólogos consideran al «delgado bacilo subtili» como uno de los primeros altruistas en la historia de la Tierra. Cuando una comunidad de estos gérmenes está en peligro de extinguirse, cerca de la mitad muere por una sustancia venenosa que ellos mismos segregan. La otra mitad sobrevive usando como alimento a aquellos que se han sacrificado.

 

Las células también son capaces de autosacrificarse: en caso de graves alteraciones en ellas que amenacen con destruir al conjunto del organismo, las células enfermas se autodestruyen «por el bien común».

 

El llamado «efecto lemming» es común entre los animales: si la población es demasiado grande e incapaz de sobrevivir, los animales terrestres van a morir voluntariamente al mar. Las ballenas y delfines, en cambio, se varan en la orilla para salvar a los demás.

 

¿CÓMO SE EQUILIBRA EL EGOÍSMO DE UNA FORMA NATURAL?

 

La naturaleza tiene también otras formas de mantener el equilibrio. Por ejemplo, la «superioridad» del egoísmo de los depredadores se corrige bastante rápido. Cuando el número de lobos se vuelve demasiado grande, la cantidad de sus víctimas –las liebres– se ve reducida bruscamente. Al verse privados de su sustento, los lobos empiezan a morir, y la consecuencia es que la situación se equilibra gradualmente: el número de liebres empieza a aumentar y, acto seguido, el número de lobos también. Este ciclo se ha repetido una y otra vez durante miles de años. Según nuestra percepción humana, la naturaleza es cruel. Pero, justamente gracias a ello, los individuos más fuertes o mejor adaptados no desplazan totalmente a los más débiles, y los depredadores no exterminan a los herbívoros. 

 

Tales mecanismos de equilibrio, obviamente, no son aceptables en la sociedad humana. Sin embargo, en la naturaleza, existen otros mecanismos que no son tan «inhumanos».


 

RELACIONES DE MERCADO ENTRE PLANTAS Y HONGOS

 

Entre las plantas y los hongos existe un intercambio beneficioso de nutrientes.

 

Los científicos han descubierto que las plantas pueden transferir a los hongos una cantidad mayor o menor de estas sustancias, dependiendo de cuánto reciben de sus «socios». Este sistema de comunicación no permite a ninguna de las partes engañar al otro: los que «escurren el bulto» se quedan sin nada.

LA COLABORACIÓN ES FRUCTÍFERA

 

Los biólogos de la universidad británica de la ciudad de Exeter llevaron a cabo un experimento muy interesante. Cortaron una hoja en una planta. A modo de respuesta, la planta –una col– liberó gas metílico. Al recibir esta peculiar señal de S.O.S., las verduras que crecían a su lado aumentaron el contenido de sustancias tóxicas en sus hojas, lo cual ahuyentaba a los «visitantes no deseados», sobre todo a insectos dañinos. Los investigadores creen que no solo los vegetales se comunican de esta forma, sino que también lo hacen las flores y los árboles. 

 

Los científicos saben desde hace mucho tiempo que el aire de la selva amazónica es muy abundante en ciertas partículas orgánicas. Estas partículas interactúan con el vapor del agua, y esto provoca frecuentes precipitaciones en la región. Hasta hace poco, la procedencia de estas partículas de materia en suspensión era un misterio. El equipo internacional dirigido por Mairata Andrea y Ulrich Pöchel analizó las partículas duras descubiertas en el aire de la selva amazónica durante la temporada de lluvias. Resultó que la mayoría de estas partículas contienen sales con un alto contenido de potasio. Los investigadores concluyeron que la fuente de estas sales de potasio es la propia selva tropical que, actuando como un enorme organismo, es capaz de provocar lluvia.

La naturaleza aparece ante nosotros como un único e inmenso organismo, un sistema cuya armonía se mantiene a través de la interconexión y la cooperación mutua de sus componentes individuales. Cada uno sigue sus propios programas «egoístas» pero dentro de ciertos límites, porque trabaja en beneficio de todo el sistema y no contradice los intereses del conjunto. Los sistemas que así funcionan son llamados sistemas integrales. El sistema integral de la naturaleza se ha ido formando gradualmente, a lo largo del proceso de evolución.

 

Un sistema integral (del latín integral [indivisible, interconectado]), es aquel que se caracteriza por un grado muy alto de coordinación mutua entre todos sus elementos debido a que cada uno de ellos mantiene un equilibrio entre el deseo de dar y recibir.


 

2.3. ALTRUISMO Y EVOLUCIÓN

La evolución es de los procesos más complejos y misteriosos que existen. 

 

Los científicos han tratado de resolver el enigma que supone este proceso desde hace mucho tiempo. Se cree que la totalidad del universo fue evolucionando como un todo desde el «Big Bang» hasta el surgimiento de la sociedad humana. La evolución tiene sus propias peculiaridades en todos los niveles del universo, así que puede ser clasificada en diferentes variantes: la evolución cósmica, química, biológica, social... Aunque todas estas variedades están vinculadas entre sí, entre ellas se da una continuidad y tienen algunas características en común.

 

Evolución (traducido del latín como «desarrollo») abarca procesos que aumentan la variedad de los elementos del sistema y su integración en otro nivel que es más elevado.

La evolución se compone de diversos procesos. Entre ellos, un papel importante lo desempeñan las relaciones competitivas, las mutaciones varias y la creciente diversidad. Sin embargo, recientemente los científicos han dado mayor relevancia a la colaboración, a la cooperación, a la adaptación recíproca así como al desarrollo sostenible y respetuoso. Es decir el papel principal se le da a la integralidad. Los elementos más simples e independientes al principio (átomos, células, genes, organismos) se unen juntos y, de alguna manera, «se adaptan» los unos a los otros y gradualmente surge algo diferente y más complejo: un nuevo sistema cuyos elementos individuales dependen los unos de los otros. 

 

EVOLUCIÓN E INTEGRACIÓN

 

La integración es algo propio de todos los procesos evolutivos. Se manifiesta tanto en el nivel de la biosfera como en el nivel del microcosmos y sus «ladrillos» más pequeños: las partículas elementales. Casi todas ellas son capaces de participar en complejas interacciones entre sí, transformarse unas en otras y, conjuntamente, crear otras nuevas. 

Los átomos están compuestos de partículas elementales conectadas entre sí de cierta manera. Por lo que podemos decir que el átomo es un sistema pero en diminuto: en su centro hay un núcleo de protones y neutrones y alrededor del núcleo, en su campo eléctrico, se mueven los electrones que forman las capas del átomo. Al enlazarse químicamente, los átomos forman toda una variedad de moléculas. 

La molécula es también un sistema que se compone de varios núcleos, en cuyo campo general se mueven los electrones. El número de compuestos químicos es muy grande: más de 5 millones (hasta donde sabemos). Gracias a unas fuerzas intermoleculares especiales –una especie de atracción entre moléculas– se crean los distintos estados de la materia: líquido, sólido o gaseoso.


 

EVOLUCIÓN Y COLABORACIÓN

 

La evolución de la vida requiere, asimismo, una interacción coordinada y el desarrollo conjunto de un gran número de elementos muy diferentes.

 

«La asociación es una característica muy significativa de las comunidades estables (...) Desde que aparecieron las primeras células nucleadas hace 2.000 millones de años, la vida en la Tierra ha pasado por formas cada vez más complejas de cooperación y evolución colectiva. La asociación, la tendencia a unirse, a hacer conexiones, a vivir incorporado en el otro y a cooperar, es uno de los rasgos más esenciales de la vida».

(F. Capra)  

 

Lo cierto es que la cooperación apareció ya en las primeras etapas de la evolución biológica. Los biólogos sugieren que toda la diversidad de la vida en la Tierra proviene de un «ancestro universal» llamado LUCA (Last Universal Common Ancestor, LUCA). Este antepasado común a todos los seres vivos no era un solo organismo (o tipo de organismos) sino una compleja comunidad de diferentes microorganismos que intercambiaban activamente material genético entre ellos.

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Capra F. La trama de la vida: Una nueva perspectiva de los sistemas vivos. Barcelona: Anagrama 2002, p.323

Los organismos multicelulares han surgido como resultado de la integración celular individual. Anteriormente, las comunidades de las bacterias más antiguas (procariotas o células libres de núcleos), a pesar de sus estrechos vínculos, no fueron capaces de reproducirse en su conjunto. La selección natural funcionaba a nivel de las células individuales y no de toda la comunidad: cualquier mutación beneficiosa para un organismo individual era apoyada por la selección natural, aunque fuera perjudicial para la comunidad. Para superar esta deficiencia, había que dar otro paso hacia una mayor integración, la cohesión: las células tenían que fusionarse realmente en un organismo, renunciar a su «individualidad» celular y combinar sus cromosomas personales en un solo genoma. Este fue el caso hace unos 2.200 millones de años, cuando se formó un nuevo tipo de célula: las eucariotas (células nucleadas).

 

Más adelante, toda la vida en la Tierra evolucionaría no como un conjunto de objetos dispersos, cada uno de los cuales ocupándose solamente de su propia supervivencia y dependiendo únicamente de sí mismo. No. La vida iba a desarrollarse como un todo, mediante un «ensamblaje en bloque» de elementos individuales, el intercambio de información, la cooperación y la simbiosis.

 

La biosfera, tal como la vemos ahora, es el resultado de una larga evolución colectiva de materia orgánica e inorgánica durante  miles de millones de años, y posteriormente del hombre. Efectivamente, el desarrollo de la humanidad está sujeto a las leyes generales de la evolución: en nuestra historia evolutiva, el crecimiento de la diversidad se ha ido combinando con los procesos de integración desde tiempos inmemoriales. Y el proceso de globalización que está teniendo lugar hoy en día –también a nivel de calamidades y pandemias– es su resultado natural.


 

2.4. LA GLOBALIZACIÓN EN EL CONTEXTO DE LA EVOLUCIÓN DE LA NATURALEZA

¿Cuándo empezó la globalización?

 

Es una cuestión opinable. Algunos investigadores creen que el comienzo tuvo lugar en los albores de la historia, en la era primitiva, cuando los seres humanos empezaron a poblar todo el planeta y fueron gradualmente conquistando nuevos hábitats. Otros consideran que el punto de partida son los grandes descubrimientos geográficos, mientras que otros investigadores vinculan la globalización exclusivamente al mundo moderno y al surgimiento de la sociedad de la información.

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Márkov A. El nacimiento de la complejidad. La biología evolutiva hoy: descubrimientos inesperados y nuevas preguntas. - – Мoscú, 2010. - – p. 228.

Ahora bien, según los biólogos, la historia de la globalización es mucho más larga: comenzó con la aparición de la Tierra y la evolución de la naturaleza terrestre. Surgieron diversos sistemas ecológicos y, posteriormente, durante cierta etapa, se produjo su «globalización», es decir, la integración en un único sistema global de la biosfera.

 

La siguiente etapa de la globalización está relacionada con la evolución del hombre y la sociedad. Por un lado, a lo largo de la historia, empezaron a aparecer cada vez más etnias, estados, civilizaciones y culturas. Pero, al mismo tiempo, también se fueron desarrollando los procesos de integración. Aunque su ritmo era intermitente, la integración fue aumentando constantemente, haciéndose cada vez más poderosa y omnicomprensiva. Cada nueva fase fue acompañada de una revolución en las comunicaciones y medios de transporte. La difusión de la escritura y la invención del carro a ruedas, las embarcaciones, la imprenta, el teléfono, la radio y el cine, los trenes, los aviones y, más recientemente, los ordenadores y las comunicaciones por satélite: todas estas innovaciones han sido hitos importantes en el camino hacia la globalización/integración. Han ido preparando su base material y técnica, la cual experimentaba constantes mejoras.

LA INTEGRACIÓN EN LAS SOCIEDADES ANTIGUAS

 

Resulta que ni siquiera las pequeñas comunidades primitivas estaban completamente aisladas entre sí: intercambiaban sus cotizados bienes de consumo, celebraban uniones y matrimonios, y establecían alianzas militares. Los contactos entre las civilizaciones más antiguas fueron todavía más estrechos. A menudo estaban separadas por miles de kilómetros, pero comerciaban activamente y ejercían una influencia mutua entre sí. Aproximadamente, a partir del año 1.000 a.C., los procesos de integración comenzaron a jugar un papel bastante destacado en la historia de la humanidad. Durante este período –y hasta los grandes descubrimientos geográficos– las migraciones en masa, las rutas de comercio a lugares distantes, los imperios mundiales y las religiones fueron los principales impulsores de la globalización. 

Imágen de Joe Ravi, licencia de uso CC-BY-SA 3.0

A través de la migración y el comercio, no solo se ponían en circulación las mercancías, sino también las ideas, los avances técnicos y los conocimientos sobre otros pueblos, sus costumbres y su vida social. Asimismo, en los grandes imperios mundiales, cientos de pueblos que tenían su propio idioma, cultura y  religión se vieron obligados a entrar en contacto entre sí. Y las religiones del mundo (cristianismo, budismo, islam) se extendieron más allá de las fronteras de los estados y unieron a millones de personas de nacionalidades diferentes.


 

Por supuesto que los contactos entre civilizaciones y pueblos eran importantes y contribuían al enriquecimiento mutuo. Pero, a menudo, eran violentos, coercitivos y estaban vinculados a guerras y conquistas. Además, cubrían solo una pequeña parte del mundo.


 

GRANDES DESCUBRIMIENTOS GEOGRÁFICOS Y LA ERA DE LA COLONIZACIÓN

 

La siguiente etapa de la globalización comenzó el 12 de octubre de 1492. Ese fue el señalado día en que Cristóbal Colón descubrió América. A partir de ese momento, la historia se hizo verdaderamente global, ya que todas las regiones y pueblos del mundo comenzaron a interactuar entre sí. Pero no fue por simple deseo propio, sino que la principal fuerza impulsora de la integración fue la política colonial de los países capitalistas occidentales. Estos convirtieron las colonias en su apéndice destinado a la obtención de materias primas.

 

Para 1914, los europeos –o las antiguas colonias europeas– controlaban el 84% de la superficie terrestre. En 1900, el Imperio británico, sobre el cual no se ponía el sol, se extendía sobre más de 17 millones de kilómetros cuadrados y era el hogar de 390 millones de personas.

 

La globalización seguía siendo automática, violenta y generalmente a modo superficial. Sin embargo, durante este período, se creó un comercio mundial de productos básicos y se inició la formación de un sistema de división internacional del trabajo.



 

HACIA UNA SOCIEDAD INTEGRADA

 

La revolución informática y digital ha supuesto toda una serie de oportunidades para una nueva etapa de globalización. Y, en este caso, la integración ya no será forzada ni basada en el sometimiento o la dominación. Los distintos pueblos deben fusionarse en un único organismo vivo. Y funcionar de modo armonioso: en dicho organismo, cada «elemento» complementará, les aportará a los demás elementos –será su fuente de existencia– a la vez que recibirá de ellos todo lo que necesite para su propio sustento.

 

Actualmente, la humanidad se enfrenta a la tarea de convertirse en un sistema integral y funcionar del mismo modo que la naturaleza. El coronavirus (u otros posibles microorganismos que nos pueda enviar la naturaleza) es un impulso en ese proceso de evolución: puede ayudarnos a darnos cuenta de cuán interdependientes somos unos de otros y de la necesidad de adoptar una nueva forma de relacionarnos. En efecto, esa es la etapa que nos toca vivir dentro de la evolución: llevar a nuestra civilización a un funcionamiento semejante al de los sistemas de la naturaleza. Al fin y al cabo, somos parte de ella. 

EN RESUMEN

La naturaleza es un ejemplo de sistema global integrado. Todos los elementos en ella están conectados entre sí y se influyen mutuamente. Cada uno realiza su propia función, trabajando para la totalidad del sistema y equilibra su actividad primando los intereses comunes.

 

La coherencia y el equilibrio entre los diferentes elementos de la naturaleza se logra gracias a que el altruismo y el egoísmo –las fuerzas del dar y el recibir en la naturaleza– están prácticamente igualadas, a la par. Cada elemento recibe del exterior todo lo que necesita y se preocupa por dar aproximadamente la misma cantidad. Es decir, asegura su sustento pero, al mismo tiempo, contribuye a la vida de un sistema de dirección mayor.

 

El proceso de integración global que hoy en día estamos experimentando –intensificado a raíz de la crisis del coronavirus– está sujeto a la ley general de la evolución: diferentes culturas, civilizaciones, pueblos tienen que llegar a estar unidas en un mismo todo. Sin embargo, la humanidad aún tiene que desarrollar sus propios mecanismos especiales para mantener un equilibrio global entre el egoísmo y el altruismo.

PREGUNTAS SOBRE EL MATERIAL ESTUDIADO

1.  A lo largo de este tema 2 se proporcionan diferentes definiciones de egoísmo y altruismo. ¿En qué se diferencian?

2. ¿Cuál es la correlación entre el egoísmo y el altruismo en la naturaleza? ¿Y en la sociedad humana?

3. ¿Qué sistemas pueden ser llamados integrales?

5. ¿Cómo se manifestó la integración en las diferentes etapas de la historia de la humanidad?

6. ¿Por qué a lo largo de la historia la integración fue a menudo violenta? ¿Cuál debería ser su siguiente fase?

4. ¿Qué papel juegan el altruismo, la integración y la cooperación en la evolución?

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1. ¿Qué podemos aprender de la Naturaleza?

 

2. ¿Es posible construir una sociedad similar a los sistemas integrados de la naturaleza?

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