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¿Coronavirus? Ese no es mi problema

No hace falta vivir en el centro de mundo para creerse el centro del mundo

Para una mujer como yo, el centro del mundo es donde yo me encuentre, aunque viva en una de las pequeñas islas, límite de la tierra conocida en la antigüedad.


Tener entre manos la obra de un hotel de cinco estrellas con un presupuesto millonario, era todo un éxito para mi carrera profesional. Todas las decisiones pasaban por mis manos y la confianza de los inversores extranjeros en mí, era total, me la había ganado a lo largo de muchos años de trabajo y esfuerzo.


Todo iba sobre ruedas, hasta que el 31 de diciembre recibí una llamada de nuestro proveedor de Wuhan. Los pedidos de material estaban bloqueados y no iban a salir en la fecha prevista, ni siquiera me podían dar una previsión.

No podía creer de qué me estaba hablando.

Me contó algo de un virus y que el gobierno había parado los transportes.


Me parecía una tomadura de pelo.

Qué me importa a mi ese virus de algunos chinos, ese no es mi problema.

Busca una solución, si el mundo se para por una gripe, estamos arreglados.


Cuando colgué el teléfono pensé que ese inepto de mi colaborador tenía los días contados, menuda excusa por no sacar nuestros pedidos, ni que China fuera tan pequeña como para no buscar otras rutas.


Trece días más tarde, nuestro contacto en Tailandia nos retenía hasta nueva orden todo el mobiliario del hotel y el motivo era el mismo.

Ya empezaba a ponerle nombre a ese virus: coronavirus.


Durante ese mes recibimos más cancelaciones, nuestros principales proveedores solo nos nombraban una palabra –coronavirus– y no nos informaban claramente de nada más. Cuando comuniqué a los inversores sobre lo que estaba ocurriendo, solo obtuve silencio a través del teléfono.


El uno de febrero mi secretaria y yo viajamos a visitar la obra e informar a los constructores que íbamos a parar hasta nueva orden. No podemos pagar sueldos sin trabajar y avanzar.

Durante el vuelo, la azafata repartió el Diario de Avisos.

En la portada: “Uno de los cinco alemanes aislados en la isla, primer contagio de coronavirus en España”.


Los turistas alemanes habían estado hospedados en el pueblo justo donde estaba nuestra obra.


Ha pasado un mes y medio desde aquella primera llamada.


Ahora estoy en el hospital y me han permitido entrar totalmente protegida a despedirme de mi mejor amiga y colaboradora, es la única amiga íntima con la que me he relacionado en estos últimos años.

Le cojo su mano, un guante de plástico está entre nosotras, quisiera abrazarla, pero no me lo permiten. Cierro los ojos, no quiero que me vea llorar y mi pensamiento recorre todo el camino que ha hecho mi coronavirus:


Salió de Wuhan el 31 de diciembre destino a Tailandia y allí pude sentir la desesperación de aquella madre.

Después se dirigió a Corea del Sur, lugar en el que compartí la tristeza en los ojos de aquellos niños que despedían a su padre de un día para otro.

Más tarde regresó a Wuhan y lloré junto con aquella esposa desconsolada.

Partió una semana más tarde destino a Berlín y trás aquel congreso de medicina, cogió un avión y se dirigió a nuestras islas.

Y allí nos encontramos, en aquel modesto bar con vistas al mar, y nos tomamos un café.

Finalmente mi amiga se lo trajo a casa.


Y mientras pensaba en todo esto, dibujaba en mi mente esas líneas que nos habían conectado y podía ver ese dibujo como los que realizamos para unir las estrellas.

Sentí que el coronavirus había venido a pintarnos esos trazos invisibles y que la velocidad con la que se estaba moviendo formaba ese haz de luz que servía para convertir lo invisible en visible.

Entonces entendí que todos los problemas del mundo son mis problemas y que todos formamos parte de un mismo cuerpo.

La constelación que dibujé en mi mente con el recorrido de mi coronavirus me dió esta oportunidad.


Leticia Castellanos

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