La revolución de los balcones


«Lo peor de este virus es la soledad»– dice la joven entrevistada a la salida de un hospital madrileño.


O tal vez no era tan joven. Es difícil decir, porque este pequeño germen la obliga a cubrir prácticamente todo su rostro. «Tienes que venir a hacerte las pruebas sola, esperar sola, y si sale positivo, te aislarán para que no contagies».


Sensación también compartida por muchos otros españoles que, aunque no están aparentemente enfermos, no se sienten mucho mejor. Un país acostumbrado a la vida en la calle, al buen tiempo, a socializar y a las cañas en la terraza antes de almorzar, ahora se ve confinado en apartamentos que apenas permiten un momento de paz, de intimidad, o un rayo de luz solar. Sin poder abrazar a todos los que quieren y sumidos en la incertidumbre del «¿Y ahora qué va a pasar? Lo único que parece claro es que ya nada volverá a ser igual».


Es verdad que la soledad –cuando es impuesta– y el aislamiento social no son nada saludables. De hecho, matan más que cualquier virus. Pero hay algo que comparte con este coronavirus que tan entretenidos nos tiene desde hace unos meses: la soledad es letal sobre todo para las personas más mayores y es algo que sucede en todas las razas. Es un fenómeno universal.


La soledad también es letal, sobre todo para las personas más mayores, y es algo que sucede en todas las razas. Es un fenómeno universal.


Qué poder de pedagogía tiene el COVID-19. Precisamente una enfermedad nos hace experimentar la más perjudicial de las situaciones para la salud: la soledad y el aislamiento social. Pero hasta hace unos meses, aunque esto era sabido, siempre nos parecía que ese era el problema de los demás. El mundo estaba demasiado ocupado «construyendo» el progreso. Hasta que llegó la madre naturaleza y nos separó. Nos metió a cada uno en nuestro cuarto y nos dijo: «Os va a venir bien un tiempo solos para reflexionar acerca de cómo estabais tratándoos entre vosotros. Y cómo me estabais tratando a mí».


Este virus nos hace entender:

  1. La vorágine desenfrenada en la que vivíamos que no conducía a ningún lado.

  2. Que sí, que estábamos muy conectados. Lo llamábamos globalización. Pero seguramente no era el mejor tipo de conexión, porque básicamente nuestras relaciones consistían en ver cómo puedo beneficiarme del otro.

  3. Lo venga de ahora en adelante, la posglobalización o como queramos llamarlo, tendrá que ser con otro tipo de conexiones. Con un pacto por el que todos tendremos que procurar que ninguna facción de la sociedad se quede atrás.

  4. Los balcones no son meros escaparates, no son meras ventanas. Son lugares donde se está forjando una revolución. Gracias a ellos notamos lo bien que se siente estar juntos y compartir una convicción: los héroes ya no son los que cuentan con millones de seguidores en redes. No. Son ciudadanos anónimos que se preocupan por el bien común, que se preocupan por que al conjunto de la sociedad no nos falte nada de lo necesario para subsistir.

Gracias a los balcones notamos lo bien que se siente estar juntos y compartir una convicción: los héroes ya no son los que cuentan con millones de seguidores en redes, sino los ciudadanos anónimos que se preocupan por el bien común.

Que nadie vuelva a sentirse solo en estos momentos de tormenta ni sienta que está aislado en su propia embarcación –en su balcón– en medio de un mar embravecido. Conectarnos positivamente nos mantendrá a salvo. Pero conectarse positivamente no significa abrazarse ni tampoco tener una comunicación constante. Se trata más bien una llamada sincera y sentida, un mensaje ofreciendo apoyo, un demostrar que no salgo a la calle porque me importan los demás. Pequeños gestos que, en medio de la tempestad, hacen que todos nos mantengamos a flote. Que nadie que dude que, cuando todo esto amaine, el grumete, encaramado al mástil, nos anunciará una nueva Tierra a la vista.

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