No cuentes conmigo


Nunca es tarde, el tiempo solo acaba cuando la vida termina.

Hija única, mi infancia pasó rápidamente entre clases de piano, canto, teatro, danza, inglés y alemán. Era muy feliz viviendo en mi mundo y disfrutando especialmente de mi pasión por la danza y el teatro.


El deseo de ser artista fue desarrollándose en mí y no recuerdo exactamente cuándo, pero un día empecé a contar a todos que de mayor quería ser actriz.


Mis padres se limitaban a no responder, algo que no me parecía extraño pues las conversaciones en familia eran bastante escasas por no decir inexistentes.

Poco después descubriría que el amor entre ellos también había sido una farsa y finalmente terminaron divorciándose.


Me habían dicho que me ayudarían económicamente mientras continuase estudiando, pero cuando planteé mi decisión de matricularme en la Academia de Artes Teatrales de Mount View en Londres se cerraron en banda.


Mi padre era abogado con dos despachos, y mi madre doctora, ambos sin nadie más a su cargo, con casas propias regaladas por mis abuelos, sin deudas y con muy buenos sueldos.


¿Qué problema podrían tener ellos para ayudarme a cumplir mi sueño?

Recuerdo aquel día que esperé hasta muy tarde a mi padre.

Le preparé la cena con mucho cariño y hasta puse unas flores en la mesa esperando que llegase de buen humor lo cual era poco habitual.


Después de la cena le pregunté si había tomado una decisión y me ayudaría durante mis estudios en Londres.

Ni siquiera me miró. Se levantó de la mesa y simplemente dijo: «Sí, te dije que te ayudaría, pero ahora te digo que no».


«Pero sabes que es el sueño de mi vida, que durante años me he preparado para esto». Gritaba tras él desesperada.


«He dicho no, tendrás que buscarte la vida. No cuentes conmigo.

Además» –dijo girándose y mirándome ahora a los ojos– «Ya eres mayorcita. Si quieres ir a estudiar fuera es tu decisión, te vendrá bien encontrar un trabajo y aprender a ganarte la vida, de paso. Llevo años pagando tu manutención y es hora de que me libere también de esto».


Esas fueron sus últimas palabras antes de entrar a su habitación y cerrar la puerta.

De mi madre no esperaba gran cosa, la relación con ella era terrible y aunque pueda costar entenderlo, yo no contaba con ella para nada, ni emocional ni materialmente. Mi madre estaba llena de ira y rencor, odiaba a mi padre y en aquel entonces lo proyectaba todo en mí. En el momento que se enteró que mi padre me había dicho que no estaba dispuesto a colaborar, ella dijo que tampoco me iba a ayudar.


Estuve un periodo encerrada en mi habitación. No paraba de llorar, sin nadie en quien confiar.

El dolor que me produjo aquel engaño, traición y crueldad de mis padres fue algo difícil de explicar. No lo entendía. Me sentí totalmente desamparada.

Me había sentido sola en la vida muchas veces, como una huérfana aunque tuviera padres, pero por primera vez me veía además sin ningún respaldo económico.


Sin embargo, estaba decidida a marcharme, necesitaba demostrarles que no dependía de ellos. Hacía ya mucho que ellos se habían desentendido moralmente de mí, como el que tira un juguete viejo que ya no le entretiene.


Eso, junto con el deseo tan grande que tenía por ser actriz, no sabría explicarlo, pero conseguí una beca y con ayuda de trabajos esporádicos de camarera logré finalizar mis estudios en Londres.


Tenía talento y pronto me contrataron para hacer mi primer rodaje, de ahí al siguiente y mi carrera despegó rápidamente.

Después de 10 años trabajando sin parar en Londres. Tenía éxito y vivía bien.

El día que escuché las noticias sobre el estado de alarma en España debido al coronavirus, el estómago me dió un vuelco.


Mis padres ya eran mayores y no tenían a nadie más que a mí pero no sabía nada de ellos desde que me fui a estudiar a Londres.

¿Qué pasaría si se contagiaban? ¿Quién cuidaría de ellos?


Estaba desesperada, no podía dejar de darle vueltas y esos pensamientos me angustiaban cada día más y más.

Los días pasaron y las noticias eran cada vez más desoladoras. La gente estaba en casa en aislamiento. Cada noche salían al balcón para aplaudir a los empleados de la sanidad, para apoyarse mutuamente y darse palabras de aliento desde lejos. Era todo un ejemplo ver a los españoles superando aquella situación con tanto ánimo y coraje.


¿Qué podía hacer yo? Me sentía egoísta por no estar al lado de mis padres en aquel momento. No era mi culpa lo que había sucedido entre nosotros, pero reconocía que esa experiencia me convirtió en la mujer que soy hoy.


Cogí el teléfono, fue un impulso, si lo hubiese pensado estoy segura que no lo hubiese podido hacer.


Llamé primero a mi padre y luego a mi madre.

Fueron horas de emoción y lágrimas, no hicieron falta muchas palabras. Nos abrazamos sin tocarnos, algo que este virus vino a enseñarnos, acariciar a los demás sin contacto, desde el corazón.


Les convencí para que cada día a la misma hora tuviésemos una videollamada en grupo, juntos los tres.


Seguimos hablando a la misma hora día tras día.

Nos contamos las pocas novedades de la jornada y, sobre todo, nos apoyamos y poco a poco vamos sanando las viejas heridas del pasado sin tener que pedir perdón.


Mis padres han intercambiado sus teléfonos, no viven lejos el uno del otro y han decidido avisarse en caso de urgencia y así sentirse más protegidos.

Este virus nos ha enseñado que nunca es tarde para empezar de nuevo.



Begoña Valido

InCírculo


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