Uno para todos y todos para uno


El éxito es hacerlo juntos

En algún lugar de Oriente, hacía un día estupendo, todo empezaba a funcionar, mi madre en la cocina preparaba el desayuno, y mi padre nos metía prisa para estar listos, ya que él nos llevaba a la escuela.

Mi hermano era el que más tardaba.

Éramos una familia unida por el amor.


Hasta que el estruendo de una bomba me despertó.


Mi hermano corrió hacia mí con pánico, lo abracé y le dije: es hora de irnos.


Cogí lo necesario para el camino que nos esperaba. Cada quince días, un guía esperaba a los que podíamos escapar de ese horror, al pie de la montaña.

Llegar allí suponía casi media hora andando, fue la media hora más larga de mi vida.

Caminar entre escombros, casi a oscuras, esquivando cadáveres de personas y de perros.

Gritos desesperados de la gente cuando caía una bomba.

Olores de muerte.

Era una mala pesadilla, el dolor y el pánico no te dejaban ni un segundo.


De repente un silencio espectral nos sobrecogió.

Llegamos al pie de la montaña, allí estaba el guía que nos llevaría a la primera frontera.

Paso a paso, con dolor y tristeza, íbamos dejando lo que había sido nuestro hogar. Sin mirar atrás y con llanto embarrado en el rostro, seguimos.


Éramos un grupo de lo más variado.

Todas las miradas que cruzaba con mis ojos decían lo mismo: miedo, desesperación, agotamiento e impotencia de no saber qué pasaría después.


En medio de la nada intentando sobrevivir a esta locura de guerras de poder que causan hambre, miseria y destrucción.

Por ese loco afán de tenerlo todo a costa de cualquier precio.


De repente ocurrió algo: teníamos que pasar por un puente, debajo había un río, no muy grande ni profundo, pero el puente estaba partido.


Quedamos paralizados ante lo que veíamos.


Todos nos miramos y de repente, casi sin palabras, nos fuimos dando las manos creando una cadena humana. Así, cogidos de las manos fuimos cruzando el río, con dificultades y caídas. Pero en ningún momento nos soltamos de la mano.

Con lágrimas en los ojos de alegría y desesperación fuimos llegando al otro lado de la orilla.

Y nos íbamos abrazando entre suspiros.


Lo habíamos conseguido, juntos, y todos nos sentimos como uno.


Mónica Bereuther

InCírculo

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