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¿Podemos vencer a la propia guerra?



El deseo de dominar está en la misma base de nuestra naturaleza y por eso la guerra forma parte de nuestra existencia. Pero debemos entender cuán contraproducente es toda guerra para nuestros propios intereses.


Con todo el avance tecnológico que hemos logrado podríamos haber hecho de la Tierra un paraíso. Sin embargo vemos que sucede todo lo contrario: nos vamos sumiendo cada vez más en guerras y conflictos.


La raíz de todas las guerras se encuentra en el ego humano, que nos lleva a querer controlar a los demás, haciendo que constantemente estemos en una despiadada competencia. El resultado es que nuestras relaciones se deterioran y aparece una creciente confrontación. Cada día que pasa nos van haciendo sentir que una guerra es cada vez más inevitable.


Entonces la pregunta es: ¿cuándo podremos vivir con paz y tranquilidad?


Cuando nos desarrollemos y alcancemos un estado en el que, a través de una correcta  educación, lleguemos a entender quiénes somos, cuál es nuestra naturaleza, cómo funciona y cómo se desarrolla. Solo entonces  podremos llegar a estar en equilibrio entre nosotros y con nuestro entorno. Solo entonces entenderemos que la guerra no es deseable ni necesaria y descubriremos un estado de paz permanente.

En el centro de todo proceso educativo debería estar el fomentar la fraternidad y la aceptación de los contrarios

En el centro de todo proceso educativo debería estar el fomentar la fraternidad y la aceptación del contrario, del que piensa distinto a mí. Aunque la guerra está arraigada en nuestra naturaleza humana, mediante el aprendizaje de una nueva forma de relacionarnos y el ejercicio de fortalecer lazos que nos acerquen entre nosotros, podremos construir mejores relaciones humanas que nos alejen de nuestra tendencia a la destrucción mutua.


Si dejamos que esa actitud de conciliación y amor entre en nuestras vidas, podremos vencer el odio y la tendencia que tenemos a luchar unos contra otros. El amor es la fuerza más poderosa del universo. Solo tenemos que darle permiso para que entre en nuestras relaciones y derrote nuestra inclinación beligerante. Todo depende de que una gran masa crítica de personas deseemos que así sea.

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