La soberbia nos sale muy cara


La soberbia es uno de nuestros rasgos más esenciales, pero también uno de los más destructivos. Existe incluso un nombre académico para ella: superioridad ilusoria. Y significa básicamente que la mayoría de la gente piensa que es mejor en muchos aspectos de la vida de lo que realmente es. Es decir, la tendencia a sobrevalorar las cualidades y habilidades personales como, por ejemplo, nuestras capacidades cognitivas, nuestros hábitos de salud, las habilidades en la conducción o la inteligencia.

Solemos pensar que somos más inmunes a los prejuicios de lo que realmente somos. Los expertos lo denominan «perjuicio del punto ciego.

También solemos pensar que somos más inmunes a los prejuicios de lo que realmente somos. Los expertos lo denominan el «prejuicio del punto ciego», y básicamente significa que nos percibimos como menos susceptibles al sesgo que otras personas. La investigación en torno a este fenómeno ha puesto de manifiesto que las personas creen que están libres de cometer errores que otros sí cometen, como el creerse que están por encima de la media. Y lo que es más: la mayoría de nosotros cree, erróneamente, que es inmune a los prejuicios.


Una de las explicaciones que los investigadores han encontrado para el fenómeno de la superioridad ilusoria es, como era de esperar, el egocentrismo. En otras palabras, la mayoría de nosotros somos demasiado egoístas para vernos tal y como somos realmente.


La arrogancia, o la superioridad ilusoria, podría llegar a verse como algo curioso y divertido si no fuera por lo cara que nos resulta. Nos hace pensar que podemos vencer a los demás operadores en el mercado de valores y terminamos perdiendo dinero. Nos hace pensar que tenemos muchas posibilidades de ganar la lotería y que merece la pena gastar cada vez más dinero en ella o en otras formas de juego cuando en realidad nuestras posibilidades de ganar son próximas a cero. Nos hace adoptar hábitos alimenticios poco saludables pensando que podemos vencer las probabilidades y no salir perjudicados con nuestra mala nutrición. También nos hace tomar riesgos innecesarios e imprudentes cuando conducimos pensando que no nos pasará nada. Pero la gente muere y queda mutilada para el resto de sus vidas debido a estos errores de juicio. Estos errores no solo afectan a las personas que los cometen, sino también a otras personas, cuyo único «delito» fue estar en el lugar equivocado cuando se produjo el error de juicio.


Sin embargo, aunque el egoísmo es la causa originaria de la arrogancia, hay una buena razón para ello y también una solución. El sentido de unicidad es algo común a todos nosotros. Cada uno de nosotros es verdaderamente único y es bueno que así sea. Siempre y cuando le demos un buen uso, claro está.


Del mismo modo que no hay dos células iguales en nuestro cuerpo, no hay dos personas iguales en ese organismo que es la humanidad. Cada célula de nuestro cuerpo –al igual que nosotros– es única, ya que desempeña una función única. Cuando realiza su función, está aportando a todo el cuerpo. Dicho de otro modo, solo cuando la célula usa su característica de unicidad para beneficiar al cuerpo entero y su singularidad contribuye al bienestar del colectivo, nos mantenemos sanos. Si usa su singularidad para cualquier propósito que no sea beneficiar al bien común, se vuelve dañina para el cuerpo y debe ser expulsada de él.

La única forma de determinar si una acción es positiva o negativa es definiendo si beneficiará o perjudicará al conjunto de la sociedad.

Así también ocurre con nosotros: cuando usamos nuestra singularidad en beneficio de la sociedad, la estamos ayudando. Y la sociedad, a su vez, nos apoya a nosotros y a nuestra autoexpresión única. Pero cada vez que usamos nuestra singularidad para cualquier otro propósito, cómo acumular riqueza o poder, nos volvemos perjudiciales para la sociedad. En ese caso, tenemos una de dos opciones: o cambiamos nuestras costumbres y usamos nuestra singularidad para aportar al bien común, o nos quedamos como hasta ahora y la sociedad, en algún momento, nos expelerá. Por lo tanto, la única forma de determinar si una acción es positiva o negativa es definiendo si beneficiará o perjudicará al conjunto de la sociedad.


Actualmente, es obvio que estamos usando nuestras capacidades de forma negativa. Pero no es culpa de nadie. Así es cómo nacemos y cómo somos educados. Sin embargo, de seguir así, acabaremos destruyéndonos unos a otros. De hecho, ya estamos muy próximos a ese abismo.

La consideración mutua no es algo natural en los seres egocéntricos. Por lo tanto, la educación es la herramienta que necesitamos para cambiar esa mentalidad de «yo primero.

La consideración mutua no es algo natural en los seres egocéntricos. Por lo tanto, la educación es la herramienta que necesitamos para cambiar esa mentalidad de «yo primero» por otra que sea «todos nosotros primero». Sería bueno que los gobernantes se dieran cuenta lo antes posible de cuál es el activo más crucial para sus países: una educación para la conexión. Esa sería su mejor baza para una gobernanza exitosa.


Hoy más que nunca, la falta de conexión, el odio y la división lo están destruyendo todo. Somos individuos únicos y debemos seguir siendo únicos. Sin embargo, a menos que se nos enseñe a usar nuestra singularidad en pro del bien común, nuestra singularidad solo traerá derramamiento de sangre y devastación. Pero podemos hacer que traiga prosperidad y alegría. Todo dependerá de si nos educamos para que el «nosotros» sea primero.



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